ALFONSO ESPINOSA, CALABOCEÑO UNIVERSAL

 









ALFONSO ESPINOSA

Prólogo

Acudí a pedir ayuda a una sibila y me relato la fabula con que Van Loon presenta El Cuento de la Humanidad: “Alla en el Norte, en la tierra llamada Svithjod, hay una roca que tiene cien millas de alto por cien de largo. Cada cien años, un pajarillo llega a la roca a aguzar el pico. Cuando la roca se haya gastado habrá transcurrido un día de la eternidad”. Y volví tranquilo a preparar mi libro.

Porque no tengo por qué, ni me contemplo ni me exhibo. Hablo de mi en este libro porque el mensaje de los hechos espera mi respuesta. Un viejo amigo, con mas carga de anos y de experiencia que yo, me dijo un día: “Cuando uno se retira debe explicar por qué”. Y no he olvidado su consejo.

Cinco ensayos de sendos escritores destacados en el campo de la cultura nacional, amplia y dinámica, acumula la Fundación “Eugenio Mendoza” en un volumen que titula Venezuela Independiente. En él, Ramon Diaz Sánchez me llama economista, en su evolución social de Venezuela y Juan Liscano agrega a este bautizo la confirmación, al mencionar mi nombre, en su relato de Ciento Cincuenta Años de Cultura Venezolana, “entre los primeros economistas que pasaron ya los cuarenta años”.

Por cierto que Diaz Sánchez, al glosar parte de un estudio mío, publicado en 1954 y que reproduzco en este libro, dice: “El estudio de Espinosa es fehaciente (ha sido Ministro de Hacienda y Director del Banco Central) pero demasiado simplista”, porque expreso que la población en los últimos anos había estado recibiendo un ingreso real por persona de mas del doble de lo que recibió en 1936, y no agrego que “en la misma forma se ha estado gastando a causa de la consiguiente inflación”, según escribe el notable ensayista. En verdad hay razones para decir algo parecido a lo que ha dicho Diaz Sánchez, aunque no en los términos tan absolutos y radicales en los que aquel vierte la inquietud y el acento que caracterizan el ágil y palpitante estilo de su prosa y su agudo espíritu de análisis; pero quisiera recordar que en los propios párrafos míos que Diaz Sánchez glosa, digo sobre ese dinero lo siguiente: “La mayor parte sale del país convertido en dólares para pagar el precio de las mercancías que se reciben del exterior”; y este hecho generalmente descarga inflación. Además, agrego en mi estudio: “El dinero que sale al exterior para el pago de las importaciones regresa al país convertido en bienes. Parte de esos bienes desaparece o se consume inmediatamente por el uso; pero otra parte, como los útiles, instrumentos, maquinarias y materiales de construcción, se conserva y se incorpora al capital nacional como equipo de trabajo o bienes de larga duración”. Y esa ha sido la partida en que hemos salido favorecidos.

Mi comentario, desde luego, en nada disminuye mi gratitud a este gran padrino de mi bautizo de economista; y a la que debo por la confirmación a Juan Liscano, otro padrino de calidad, quisiera agregar mi expresión de simpatía por la delicadeza con que se queda corto al referirse a mis años.

Agradecido y honrado, recibo, pues, los sacramentos literarios con que estos dos notables escritores nacionales me confieren la distinción de economista. Debo, sin embargo, advertir que no lo soy de profesión, ni de titulo colegial, universitario o académico. Egrese de la vieja casa colonial vecina de San Francisco, antes de que aquella morada de la cultura se convirtiera en Palacio de las Academias, con el titulo de Doctor en Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela, que me capacitaba para hacerme abogado de la República, como me hice, prestando juramento ante una Corte de Justicia y recibiendo en ella la investidura profesional, y que oficialmente me acreditaba como versado en disciplinas económicas y financieras por haber recibido cátedras de la una y de la otra. No existía entonces Facultad de Economía en las Universidades de la República, y ni siquiera Escuela en la materia. Los economistas venezolanos lo eran por afición mas que por consagración. No había economistas aborígenes de profesión, sino de vocación. Todos, sin ordenes, eramos legos.

[…]

…y recordé entonces otra experiencia similar por sus efectos en la moral del esfuerzo.

Habíamos sido trasladados al Castillo de Puerto Cabello un grupo de estudiantes con motivo de los sucesos políticos del ano de 1928. El sueno de la primera noche en el Castillo repuso mis fuerzas y fortaleció mis nervios, tensos hasta el momento en que supimos el lugar de destino. Temprano, después del primer “rancho”, nos condujeron a un espacio abierto de la fortaleza, donde la brisa y la amplitud del mar refresco nuestro cuerpo y alentó nuestro ánimo. El oficial que nos custodiaba nos dio la orden de remover y trasladar de un sitio a otro, distantes quizás cien metros entre si, un montón de chatarra, en el que los restos desordenados de cosas que fueron estimables y tuvieron un objeto, en posiciones grotescas nos movían a compasión. La brisa del mar, la risa de la juventud y el ímpetu loco del muchacho de entonces nos impulsaban a todos, y en pocos minutos el montón de chatarra formo una pirámide en el otro lugar.

Cuando alegre celebrábamos nuestro triunfo, la voz del guardián nos repitió otra orden: “Vuelvan a ponerla en el mismo lugar”. Y toda la fuerza de la juventud y el animo que me dio la brisa y la amplitud del mar se escaparon de mi, y el cansancio que acechaba ocupo su lugar.

Poco después, regocijados, celebrábamos la anécdota en que perdimos la partida.

Al terminar de preparar este libro acudí de nuevo a la sibila de la fabula para que lo leyera. Después de meditar, me dijo sonreída: “En 1857, fue establecido por primera vez el patrón oro en Venezuela. ¿Recuerdas? Quizás el pajarillo de Van Loon, cien anos después, haya aguzado su pico en la roca de Svithjod. Es posible que la moneda, como el sol, se haya ocultado en el ocaso de ese día para iluminar mejor”.

Alfonso Espinosa, El proceso monetario: Venezuela 1930-1960, Caracas, Editorial Arte, 1963, pp. 7, 8, 9, 27, 28

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